EL ABISMO POLÍTICO EN LA SOCIEDAD ESTADOUNIDENSE MODERNA NUNCA HABÍA PARECIDO TAN PROFUNDO.
El discurso del presidente Donald Trump ante el Congreso la noche del martes adoptó la tradición de una celebración política anual, pero no logró cerrar la brecha de incomprensión y desprecio que fragmenta al país en dos mitades enfrentadas.
“Señor presidente de la Cámara, el presidente de los Estados Unidos”, anunció con solemnidad el sargento de armas antes de la entrada de Trump en la Cámara de Representantes. Fue uno de los pocos momentos de normalidad en una velada que ilustró cómo la unidad nacional se ha quebrado, mientras el presidente inicia un segundo mandato que para millones simboliza el renacer de una nueva era dorada, mientras que para otros tantos supone la amenaza de la destrucción del país que aman.
A su izquierda, los fervientes seguidores del mandatario —aquellos que han abrazado el Partido Republicano transformado en un movimiento político personalista— se ponían en pie una y otra vez, coreando “¡EE.UU., EE.UU.!” y “¡Trump, Trump, Trump!”.
El discurso, casi indistinguible de sus mítines de campaña, estuvo marcado por la retórica incendiaria, medias verdades y demagogia.
La escena en el estrado —Trump flanqueado por el vicepresidente J.D. Vance y el presidente de la Cámara Mike Johnson— representaba la consolidación del poder republicano, mientras desde abajo observaban el líder de la mayoría del Senado, John Thune, y los jueces conservadores de la Corte Suprema, testigos de una noche que subrayaba la fractura que define a la nación.